Plantas
de interior
Del libro de relatos Viajes inocentes
(Premio
Ojo Crítico de Narrativa 2005)
Cuando
Berta se incorpora por las mañanas, lo primero que ve enfrente de ella,
enfrente de su cama, es un inmenso, algo exagerado, póster de una escritora
que no sonríe. Se trata de Marguerite Yourcenar ya algo anciana y con
un pañuelo ligero sobre la cabeza. La escritora no sonríe pero
a Berta le entran ganas de darle los buenos días y de levantarse con
un ánimo que, quizá, no tendría si Marguerite Yourcenar
no permaneciera a su lado durante toda la noche. Así que Berta se levanta
sin desperezarse, se encamina hacia el salón y recoge la ropa que utiliza
para estar en casa. Luego va al cuarto de baño y allí se quita
el pijama todavía de verano para ponerse un pantalón de lino
y una camiseta de manga corta.
Ya con su nuevo aspecto, se dirige a la ventana
del salón. Allí está, en uno de los balcones del edificio
de enfrente, impertérrito, el mismo niño de todos los días
mirando a través de unos prismáticos hacia la casa de Berta.
Ella le saluda con la mano y le sonríe. “Ya te queda poco tiempo”,
piensa. Y a continuación parece querer decírselo con gestos,
y mueve los labios sin pronunciar ninguna palabra. Hace como si abriera un
libro que lee y luego pone cara de aburrimiento. Dentro de poco comenzarán
las clases y su espía estacional desaparecerá de aquella terraza
por las mañanas.
El salón de Berta
está lleno de plantas. A veces debe esquivar las hojas de alguna de
ellas que ha crecido demasiado. Ella no quiere rozarlas con el cuerpo porque
sabe que las plantas sufren y se marchitan si se las molesta. Se puede hablar
con ellas, se puede poner música para ellas, se puede regar y abonar
su tierra, se puede intentar quitar el polvo de sus hojas, pero no se las
puede molestar cada vez que se camina por el salón para llevar la mantequilla
a la mesa. Tampoco se las puede estar cambiando de sitio con mucha frecuencia.
Mejor nunca. Berta suele sonreír cuando piensa esto. Contempla sus
plantas y luego pasa un dedo por alguna hoja, muy despacio. Piensa que cuando
se elige un lugar para una planta, se elige a conciencia y definitivamente.
Como cuando ella eligió aquel piso en Madrid en el que vive ahora,
después de dejar la casa de su padre. Con cuidado, y sabiendo que sería
para siempre.
Así piensa Berta:
las cosas se deben hacer con cuidado porque cualquier cosa que se haga tendrá
efectos y esos efectos serán irreversibles.
Desayuna en la mesa del
salón junto a una enorme cinta de colores firmes: verdes a los lados
y blanca la línea central. Al inclinar la cabeza hacia la taza, algunas
de las hojas de la cinta se le meten en los ojos, entre el pelo, y a ella
no le molesta porque es el único contacto físico que mantiene
con algo que no sea ella misma desde hace más de dos meses. Así
que se deja acariciar y se deja invadir por las largas hojas de la planta
con una sonrisa breve y con la mente en algún lugar mucho más
cálido y mucho más acogedor. Berta puede caminar durante horas.
Y no se cansa. Puede caminar sin tener ni idea de por dónde va. Y no
se asusta. Puede cruzarse con hombres que visten un traje oscuro perfectamente
planchado y con mujeres que acaban de salir de la peluquería y llevan
un bonito pañuelo al cuello. Puede contemplar cómo una rumana
intenta convencer al conductor serio de un inmenso coche rojo mostrándole
a su hijo lleno de mocos al otro lado de la ventanilla, y puede ver cómo
unas niñas (cuatro o cinco) con falditas plisadas de colores diversos
avanzan de la mano hacia un grupo formado por otras niñas mayores que
fuman apoyadas en una pared y que llevan faldas diferentes. Berta puede caminar
durante horas y, al pasar por delante de una tienda de decoración,
puede verse reflejada en un espejo estrecho que adorna la pared. Se detiene
y se mira. Es ella. Ella que corre por una pradera. Ningún obstáculo.
Su perro corre detrás. No se ven árboles, no se ve gente. No
hay nada que pueda interrumpir la carrera de Berta.
Para Berta no existe nada en el mundo
excepto una planta.
Y el recuerdo de aquella mañana
en la que su padre tuvo un accidente con el tractor. Intentaba sacarlo de
un hoyo en el que se había quedado atascado, pero la rueda cedió.
El padre de Berta quedó atrapado debajo, en la tierra, sin poder moverse,
y comenzó a llamarla. El perro ladraba como un loco, Berta corría
con un libro en las manos. Corría y el aire se le metía en los
ojos. Corría y veía a su padre en el suelo, entre el barro,
con la cara enrojecida con un rojo que jamás había visto en
la cara de nadie y, cuando llegó junto a él, se dio cuenta de
que no podía hacer nada. ¿Qué podía hacer? ¿Qué
iba a hacer? No podía mover aquel tractor ella sola, no podía
hacer nada sola. La rueda le aprisionaba una pierna. Comenzó a dar
vueltas en torno a su padre mientras el perro no dejaba de ladrar, y contemplaba
aquel rojo violento que cada vez era más violento en la cara de su
padre.
- Ve
a avisar a alguien –dijo él–. Trae a alguien.
Y entonces ella corrió y corrió,
con el libro en las manos, pisando el barro y llorando en silencio sin ver
por dónde iba. Llevaba un libro en las manos… Tenía veintinueve
años y corría como cuando tenía siete.
Se cruzó pronto
con dos hombres que corrieron con ella y que sacaron a su padre de debajo
del tractor. No era demasiado grave, tan sólo una hoja marchita que
en principio no afectaría en absoluto la salud general y satisfactoria
del tallo. Pero el padre de Berta era demasiado testarudo, y también
demasiado despreocupado. El padre de Berta confiaba plenamente en el poder
sanador de la propia naturaleza, en las cataplasmas de hierbas sobre la herida
–profunda herida que pronto comenzaría a mostrar un aspecto muy
poco higiénico y a despedir un olor demasiado temido por todos–,
confiaba en la bondad de las infusiones, en el poder curativo de una mente
positiva, y no quiso ver al médico. Por lo que, aquello que era tan
sólo una diminuta hoja marchita fácilmente curable, terminó
por afectar a la planta entera, que perdió color poco a poco y que
perdió cualquier asomo de vitalidad, como si se hubiera visto invadida
sin remedio por una minúscula pero sagaz araña roja. Una araña
que dejara como único rastro los invisibles hilos de su asfixiante
tela.
Cuando
su padre murió, ella permaneció aún unos días
en su casa, y fue entonces cuando comenzaron los sueños. Era injusto
que por una sola rama marchita tuviera que morir todo un árbol tan
poderoso, tan robusto, pero lo cierto era que, de repente, se había
quedado sola. Nunca hasta entonces se le había pasado por la cabeza
esa idea, la de que los lazos que la unían a los demás eran
muy delgados y frágiles. Más bien escasos. Se había quedado
sola y echaba demasiado de menos a su padre. Echaba de menos su voz y también
su silencio, la manera tan extraña que tenía de mirar las cosas
que le incomodaban, y la sonrisa espontánea que brotaba ante cualquier
hecho nimio, que a simple vista no contenía ningún elemento
lo suficientemente atractivo como para hacer sonreír a nadie. Pero
el padre de Berta sonreía ante hechos corrientes, muy simples. Y ahora,
después de muerto, sonreía en los sueños de su hija que
dormía de lado, acurrucada en la que había sido siempre su cama,
agotada tras planear durante horas su huida a Madrid.
En aquellas apariciones,
su padre permanecía de pie en el pasillo. A veces avanzaba lentamente
hacia su habitación, y entonces repetía el nombre de la que
había sido su esposa. Sus frases no siempre resultaban reconocibles.
Murmuraba palabras como “espejo” o como “lunático”.
Sólo el nombre de la madre de Berta sonaba claro y fácilmente
identificable.
- Nena
–decía–. Cuida nuestra tierra. No la abandones.
Pero Berta no pensaba quedarse
sola en aquella casa. Cuando oía la voz de su padre tan cerca que parecía
viva, se llevaba las manos a la boca y comenzaba a llorar y a moverse con
urgencia por la habitación en busca de sus cosas. Exactamente, esto
es lo que le sucedía: cuando se quedaba dormida, lo único que
deseaba era despertar, y cuando despertaba, a las cinco de la mañana
habitualmente, era para comenzar a fantasear de nuevo. Dragones de cola roja,
ratones, botellas de licor, altos ángeles dorados, jirafas que susurraban
su nombre al oído… Todo aquello era francamente inútil.
Por las mañanas
solía desayunar tarde. Prefería salir de su habitación
muy despacio, sin hacer ningún ruido, sin despertar a nadie y, una
vez en el exterior, sentarse a contemplar el color aún pálido
del cielo. Prefería respirar siendo consciente de que estaba respirando,
e imaginar que, en el interior, en la habitación del fondo, también
su padre respiraba.
En Madrid, él no se mostró
de inmediato. Fue haciéndolo poco a poco. Parecía incluso que
no lo conseguiría nunca, pero lo cierto es que también en Madrid
hay gatos o algún pájaro que da saltitos sobre el asfalto húmedo
del otoño.
La primera vez Berta no
se asustó en absoluto. Se trataba simplemente de un gato vagabundo
que parecía tener la mirada perdida y confusa de su padre. Pero cuando
creyó reconocerlo en la sombra de una rama caída, comenzó
a temerse lo peor. Sabía que podía llegar a ser muy testarudo
y, efectivamente, no cesó en su empeño hasta que ella, una tarde,
pasó por delante de una floristería y compró aquella
Dracaena Marginata de quince centímetros, que debía situarse
en un lugar a media luz, sin permitir en ningún momento que los rayos
del sol le dieran directamente en las hojas, y que debía ser regada
abundantemente. Entre las finas hojas de aquella palmera, Berta reconoció
de inmediato el terrible esfuerzo de su padre por permanecer a su lado, y
ahora deja que la planta continúe viviendo y que, a veces, por las
noches, susurre algo. El nombre de su esposa, tal vez. O, tal vez, un lamento.
- Te
echo de menos, papá –le dice Berta a la planta–. Pero no
sé si esto es muy normal. Quizá sería mejor que regresaras
a casa. A nuestra casa, donde hemos vivido siempre.
Pero su padre no contesta. Y, en ese
momento, Berta desea ser una de esas semillas que no asoman la cabeza al exterior
y que prefieren pudrirse en la conocida oscuridad húmeda de la tierra
nueva. Una de esas semillas que jamás sentirán el azote del
viento ni el calor asfixiante del sol ni las mareas de las lombrices deslizándose
silenciosas entre pequeños orificios que se deshacen tan pronto como
se hacen.
Su padre no contesta, pero permanece con firmeza emergiendo
de aquella tierra que no puede tener lombrices. Al menos no todavía…
Las lombrices que asoman sus cuerpos largos y gordos por entre la tierra nueva
que Berta ha usado para su planta, y que no puede haberse llenado de repugnantes
lombrices porque, de ser así, si llegara a ver de verdad el cuerpo
alargado de una asquerosa lombriz, cogería todas las semillas y todas
las plantas y las tiraría a la basura. En el acto. Plantas como aquella
que le acaricia la cara por las mañanas y como aquella otra que no
riega jamás pero que sigue viva y susurrante, como la maleza que se
queja al ser rozada por un paseante que avanza con un ánimo entre despistado
y feliz.
- Papá…
- Las lombrices oxigenan la tierra,
cielo. Son buenas para las raíces de las plantas.
Aquello era lo que le decía su padre en un susurro.
Pero ella no quería ni oírlo.
- No sé que opinión tendría
mamá de todo esto –murmuraba.
Y, sin embargo, lo cierto es que cuando contempla la
planta, Berta se tranquiliza.
La planta le hace tener la sensación de que todo,
cualquier cosa, va a salir bien.
Una de las hojas está comenzando
a marchitarse. Así que Berta coge unas tijeras y la recorta con cuidado.
Tararea algo. Despacio y sin mucho empeño. Sigue tarareando y, mientras,
ladea ligeramente la cabeza y vuelve a observar cómo el niño
continúa en su balcón con sus prismáticos, mirando hacia
su ventana. Ella entonces levanta la hoja marchita y se la muestra al niño.
Luego se da la vuelta y camina hacia la cocina. Una vez allí, lo único
que hace es tirar la hoja seca a la basura. Inmediatamente después,
Berta cree ver la cara de su padre que se acerca a la suya para murmurar unas
palabras muy amables y decir “estás algo triste, cariño.
¿Quieres que nos vayamos a casa?”. Y entonces Berta responde
que tal vez. Tal vez sí quiera regresar, y se aferra al cuello fuerte
de su padre, que eleva su cuerpo ligero del suelo y lo transporta hasta el
asiento trasero de un coche apacible y cómodo.
- Preferiría que todo esto no
estuviera sucediendo.
- He encontrado a la niña –dice
su padre–. Necesita beber algo caliente. Un caldo o un vaso de leche.
Y preparad una cama. Está tiritando.
La niña es ella y el caldo es para ella y las
manos suaves que acarician su cara y le retiran el pelo de los ojos son las
de su padre, que sigue respirando y que sigue existiendo. En forma de planta
verde, en forma de gato vagabundo, o en forma de nube cargada de lluvia que
puede caer en cualquier momento empapando el pelo de todas aquellas mujeres
que corren por el campo, en busca de ayuda para sacar el cuerpo de su padre
que se ha quedado atrapado en la tierra profunda y opresiva, entre la vegetación
y entre todo ese barro.
Berta puede correr por una pradera llena de margaritas
con su perro detrás, con más cuidado esta vez, sin mirar atrás,
porque sabe que el barro está ahí, en cualquier sitio, y que
aparecerá cuando ella menos lo espere. Un leve descuido, una mínima
desorientación, y el barro aparecerá para tragársela.