El
infinito verde
Del libro de relatos El mes más cruel
(Nuevo
Talento Fnac)
Corrían
las dos tomadas de la mano. Iban a ver el cadáver del loco con los
dientes rotos que el padre de su amiga había encontrado la tarde anterior,
y corrían entre los charcos, las zarzas, las ramas caídas, la
hierba, las flores y las enormes piedras. Tenían prisa porque era tarde,
la noche se les iba a echar encima. Así que su amiga iba delante, abriendo
el camino, y Sofía se dejaba guiar. Era su amiga quien sabía
dónde estaba el cadáver. Su padre se lo había descrito
a ella y, por tanto, debía ser ella quien corriera rompiendo las ramas
con los pies, haciendo un surco con el cuerpo, dejando un rastro tras de sí
al pasar… Sofía iba detrás y a veces se reía.
Las dos respiraban una humedad constante, y cada vez que abrían la
boca una nube de vaho aleteaba a su alrededor hasta desaparecer disuelta en
el aire. El frío se enroscaba en sus gargantas, apretando con fuerza,
y su amiga decía «ya llegamos» cada diez pasos. Sofía
se reía diciendo que no llegaban nunca, y entonces la otra chica tiraba
más de su mano y repetía: «ya llegamos».
El verde las rodeaba, el verde limitaba sus movimientos, el verde no permitía
ver qué había más allá, el verde ahogaba y no
llegaban a su destino nunca. Sofía preguntó que por qué
no se daban la vuelta.
- ¡Porque no! Porque ya estamos cerca y sería ridículo
abandonar ahora. Veremos al muerto, y luego se lo contaremos a las demás.
- Se hace de noche.
- ¿Es que quieres que todo el mundo se ría de nosotras? –preguntó
casi gritando su amiga, mientras soltaba su mano con violencia.
- No…
- ¡Pues entonces vamos!
Y siguieron caminando con más decisión aunque también
con menos fuerzas. El frío era cada vez más intenso, como eran
más intensos los ecos producidos por los animales. Llevaban los pies
empapados porque el verde no dejaba ver el suelo, el verde ocultaba los charcos,
y las dos caían en ellos pensando inocentemente que todo lo que había
bajo sus zapatos era tierra. Pero lo cierto era que aquel verde dominaba el
recorrido.
- Tiene que ser por aquí –dijo su amiga en voz baja.
Y Sofía no se atrevió a repetir que deberían volver a
casa. De todas formas, ya era casi de noche y el camino aparecería
igualmente oscuro.
- No puede quedar lejos…
Eran dos excursionistas en busca de la representación fascinante que
suponía un desenlace trágico. No puede quedar lejos…
Las palabras de su amiga se fueron perdiendo en la distancia verde y, de pronto,
Sofía advirtió que había dejado de oír su voz
y que todo lo que podía percibir era el sonido de unas pisadas que
se alejaban corriendo.
La llamó, gritó, pero no obtuvo respuesta. Tan sólo el
rumor de los pasos de su amiga que, cada vez más remoto, se unía
a los demás ruidos de la noche, y que pronto se disiparía también,
dejándola sola allí, en el centro del verde, rodeada de una
aspereza húmeda y asfixiante, limitada por un verde que impedía
pensar con claridad.
Repitió su nombre, esta vez en voz baja, y le pareció que la
maleza se estremecía ante aquel sonido extraño, así que
no volvió a hablar. Intentó avanzar en la dirección que
llevaban las dos, pero decidió de inmediato que lo mejor sería
darse la vuelta y emprender el camino de regreso. Sin embargo, no supo por
dónde debía ir. El espacio abierto unos momentos antes había
desaparecido. El bosque se había regenerado: había reconstruido
en un segundo los desperfectos que ambas habían ocasionado. Tan sólo
el verde que ella pisaba continuaba modificado, aunque se trataba de un espacio
muy reducido. Cada vez más reducido… Todo palpitaba a su lado
en una transformación inagotable, y únicamente ella creía
mantenerse quieta e idéntica.
Lo demás no cesaba. Todo evolucionaba en un fluir de vida y de destrucción,
mientras Sofía permanecía cercada por el verde, en el interior
de un reino que truncaba cualquier percepción de lo que sucedía
en el exterior. Sólo podía reconocer el sonido del viento entre
las ramas de los árboles y el chapoteo de algún anfibio que
nadaba, en círculos, junto a sus pies.
Debía pensar con tranquilidad. Debía considerar qué hacer,
hacia dónde moverse, cómo encontrar a su amiga. Pero le iba
a resultar muy difícil, ya que algo extraño estaba sucediendo.
El espacio había comenzado a establecer sus verdes vallas en torno
a ella, y, además, no era un animal deslizándose bajo el agua
lo que producía aquel chapoteo que escuchaba continuamente, lo que
le causaba aquel curioso cosquilleo en los pies… No supo cómo
había comenzado el proceso pero, más tarde, cuando ya resultaba
imposible intentar siquiera hacer algo, cuando se miró las piernas
y luego fue bajando los ojos hasta llegar a los pies, comprendió que
ya no tenía pies y que unas curiosas prolongaciones con pelillos flotantes
habían surgido directamente de sus talones. Le habían crecido
raíces.
Que absorberían las materias necesarias para su crecimiento y desarrollo,
y que le servirían de sostén.
Al darse cuenta de lo ocurrido, se sorprendió imaginando lo que podría
suceder si una tarde, cuando estuviera casi anocheciendo y la luz empezase
a confundirse con las sombras, dos chicas tomadas de la mano se aventuraran
a pasar por allí, corriendo, en busca de los restos de aquella otra
chica que se había perdido al querer encontrar el cadáver de
un loco con los dientes rotos del que había oído hablar. Sintió
pánico al imaginar los pies veloces de aquellas dos amigas, pisoteando,
arrasando, destrozándolo todo. Le aterraba que pudieran pasar sobre
ella y que ella, a causa de su origen diferente, a causa de su extracción
no vegetal, careciera de la capacidad intrínseca de recuperación
que advertía a su alrededor. Intuía un líquido extraño,
de color indefinido, saliendo de su quebrada forma. Un color que no sería
del todo rojo y que, tal vez, pudiera comenzar a ser verde. Verde como aquel
universo salvaje y hambriento del que ya, sin remedio, formaba parte.