El final de la temporada de baile

 

Samuel ha muerto en Italia. Solo, seguramente, o quizá junto a alguno de esos torpes estudiantes de zapatos estrechos que le regalaban perros y le pedían con tanta insistencia su opinión sobre Darwin. Esos estudiantes que adoraban la figura alargada de Samuel Conroy hasta el punto de convertirse en su sombra por los comercios donde se vendían instrumentos musicales y que él tanto solía frecuentar acariciando la cara de todas las niñas y besando la frente de todos los niños sin que las madres comenzaran a gritar escandalizadas. Tal vez, su mayor atractivo residía en que nadie era capaz de separar su condición de hombre absolutamente bueno de su total falta de escrúpulos y tal imposibilidad hacía que todos, todos, siguiésemos su estela como ratoncitos detrás del aroma que despide un pedazo de queso colocado hábilmente sobre la madera seca de una trampa. Samuel, muerto, y sus restos, como él quería, en alguna colina italiana, cerca de una corriente de agua.

Las mujeres de cara oscura y cabello duro habrán lamentado su muerte, sin duda, ahora que han perdido las ocasiones de asombro íntimo que aquel hombre repartía con el simple hecho de sentarse y comenzar a hablar. Ni ellas mismas saben todavía cuántas veces van a recordar esa voz agradable y carnal que lograba poner ante sus pupilas visiones de otros paisajes siempre más evocadores y que convertía el opaco paso de las horas en atractivos días llenos de expectativas sugerentes. Habrán llorado, seguro, sin que nadie lo sepa o, quizá, junto a algún estudiante de canto, y habrán adoptado a sus perros para quedarse de esa manera con algo suyo. Porque Samuel ha muerto y yo he recibido lo demás. Sus papeles de extranjero, sus sombreros y sus estudios sobre la música de las antiguas colonias inglesas y francesas me han llegado en una gran caja de cartón precintada y plagada de sellos. Por supuesto, la he abierto. Pero no he hecho mucho más. He creído ver alguna fotografía de él cercado por los perros, algún apunte de su última composición, los títulos de esos libros que siempre iban en su maleta y la postal de la fachada sur del Hotel Biron, esa inmensa, enorme mansión de Auguste Rodin, con Camille Claudel o sin ella, de Isadora Duncan, de Cocteau y de Matisse, por la que habíamos paseado juntos deslizando las manos sobre las formas en bronce frío y húmedo de las estatuas del jardín cuando viajar con Samuel era todavía como viajar sola, sin la incómoda obligación de pensar en su compañía pero sabiendo siempre que estaba ahí, al alcance de los ojos y sin exigir nada. Él creía que un hombre solamente continuaba vivo mientras deseaba. Pero cuando el anhelo se acababa, según él, todo se acababa, y entonces más valía cerrar los ojos y echarse a descansar.

Yo entonces solía avanzar a cierta distancia, vigilando de vez en cuando que me seguía y que no permanecía más de diez minutos delante del escaparate de cualquier anticuario que mostrara alguna colección de plumas estilográficas o la altivez de un telescopio provocativamente orientado hacia las estrellas. Tenía que pronunciar su nombre en voz alta, con un tono de maestra de niños distraídos, para que despertara de su ensoñación y volviera a recordar que en París no hay tiempo para detenerse. Era entonces cuando podía mirarme con un resto de ironía en los labios y comenzar a caminar con las manos en los bolsillos del pantalón diciendo que mi sentido de la libertad estaba verdaderamente atrofiado:

- Tienes una idea muy extraña del viaje.

- Estamos viajando, tú lo has dicho. Lo que implica callejear, deambular, y no quedarse frente a una caja de papel pintado durante media hora como si te hubiesen hipnotizado.

- Tenemos distintas ideas sobre la esencia del viaje. A mí me gusta dilatar los momentos sencillos y a ti se te da mucho mejor eso de tomar decisiones importantes –decía.

Y no era cierto, pero él jamás se haría cargo de un destino. Su función no era la de mirar mapas, preguntar los precios de los billetes de tren, consultar horarios o buscar desesperadamente una buena, al menos sobria y limpia, habitación en un hotel. Jamás asumiría el compromiso de elegir Varsovia y descubrir al llegar que el color del aire, el aroma de las calles o el aspecto de los edificios le causaba una sensación profundamente deprimente. No. Su actividad era más la del acompañante que sonríe cuando las notas prodigiosas del órgano ascienden por las paredes de Notre-Dame y todo lo demás es un silencio galante y sumiso o que da la mano cuando una pareja se besa en un banco junto al río.

- Lo único que ocurre es que permito que me dejes elegir a mí y que llevo con dignidad el peso de organizar lo que hacemos. Los dos sabemos que dormiríamos en uno de esos bancos del Sena si yo no me encargara de dar con algún alojamiento y los dos sabemos también que a ti no te importaría en absoluto. Te daría lo mismo dejar pasar tres noches, tres semanas o tres años en cualquier lugar.

La risa de Samuel, indescriptible, brusca y frágil a la vez. Sardónica y tan vulnerable… Esa sonrisa sensual por su timidez y osada por la descarada y rotunda expresión de los labios que parecían prometer el disfrute en cualquier momento de algo especial. Puedo imaginar su voz en Italia, sentado en una silla, moviendo las manos de dedos largos y piel tan blanca que a veces parecía transparente, hablando de su país, de su familia, del secreto del triunfo que supone una vida de viajes enlazados, del tiempo o del regalo de un nuevo animal, algún perro diminuto pero muy atento. Del aprendizaje del piano en su infancia. De la pasión… Su pasión por la ociosidad absoluta, por la observación reposada del paso de los días sin muchos cambios. Sólo el florecimiento de las estaciones, el desarrollo de la edad en la piel de los jóvenes y la longitud de los tallos de sus plantas en la casa con jardín que había alquilado en Cremona para dejarse crecer el pelo y leer la teoría de la evolución de las especies biológicas. Por fin con el tiempo a su disposición. Por fin sin mi voz repetitiva que le sugería que caminase con más rapidez si no quería perder algún tren que le llevaría a otra ciudad en la que volvería a ver lo mismo que veía siempre en todos los lugares: la imposibilidad de sentarse y descansar durante meses enteros. Leer, de vez en cuando escribir alguna postal muy breve (Queridos papá y mamá…) y, en general, perder la mirada sobre las hojas del suelo.

- Si me abandonases con un par de buenos libros en la maleta y una botella de Burdeos, creo que no podría ni echarte de menos.

Me reía, claro, y contemplaba su perfil sereno, limpio, que todavía no había perdido las líneas de niño sensible que intenta aparentar madurez y firmeza.

- Si te abandonase no sabrías ni encontrar la situación de esta calle en un plano.

Comenzaría a temblar, sin dejar de sonreír, ante la perspectiva de tener que aproximarse a un extraño al que necesitaba para llegar a su hotel.

Ahora que Samuel ha muerto, y ahora que tengo la certeza de que la vida no es un único segmento que se alarga irremediablemente hacia su final, sin variaciones, sino que en ocasiones otorga la posibilidad de hacer pequeños altos en el trayecto, con sus correspondientes pequeños cambios, recuerdo nuestro primer encuentro. Nuestra primera ocasión para el auxilio mutuo.

Samuel se comportó de una manera extraña, casi artificiosa, casi teatral. También temblaba aquel primer día, en el tren que tomamos juntos en Madrid sin conocernos todavía. Llevaba una maleta inmensa, como si fuera a abandonar la ciudad para siempre o como si estuviese acostumbrado a trasladar todas sus pertenencias con frecuencia, en un exilio constante, y parecía estar pensando incesantemente en otra cosa, incluso cuando asintió con la cabeza para responder que sí, que él era Samuel Conroy y que suponía que yo era Julia. Resulta curioso recordar al Samuel de aquel primer día, hablando con una voz ácida, como si se hubiera despertado tan solo cinco minutos antes de reunirnos en la estación, con su equilibrado acento irlandés, examinando de reojo el poco equipaje que llevaba yo y evitando subir al tren hasta el momento justo de la salida.

- ¿Eras muy amiga de David? –me preguntó.

- Lo suficiente como para querer ir a su entierro.

No hizo ningún comentario y pensé que la respuesta tuvo que sonar un tanto brusca. Los pocos viajeros que querían ir a París el día de Navidad ya se habían acomodado, pero nosotros todavía estábamos en el andén, frente a la puerta abierta de nuestro vagón, esperando cada uno a que el otro se decidiera a subir en primer lugar. Sentando un precedente de lo que sería nuestra manera habitual de comportamiento desde entonces, murmuré una explicación cualquiera y me metí en el olor a vaho y cansancio que siempre despiden los trenes de largo recorrido. Y él me siguió, elevando su maleta sin ruedas hasta lo alto de las tres empinadas escaleras que separaban el movimiento de la quietud.

- ¿Te ayudo? –pregunté.

Nuestro común amigo David Marina se había suicidado en un hotel de París bebiendo aguafuerte. Tuvo más de una hora de agonía, abrasándose por dentro, y las únicas personas dispuestas a ir a su entierro desde Madrid éramos Samuel y yo. Así de solo estaba. Por lo que la familia nos había puesto en contacto para que pudiésemos viajar juntos. Las horas se multiplicarían, los lugares pasarían más allá del reflejo de nuestras caras en el cristal negro del compartimento y el cuerpo se entumecería hasta la imposibilidad de mover brazos y piernas con la más mínima elegancia al bajar del tren a la mañana siguiente.

- Creo que vamos a estar solos.

Lo que implicaba mayor espacio pero también mayores silencios.

- Mejor –dijo Samuel dejando su maleta en el pasillo–. No tendremos que dar ninguna explicación a nadie. Ni tendremos que escucharlas.

Me senté junto a la ventana y él se sentó enfrente de mí.

- No te importará viajar de espaldas… –murmuré por parecer amable mientras él se ponía todo lo cómodo que podía. Bajé la cabeza hacia el andén que ya comenzaba a deslizarse al otro lado de la ventanilla, y recordé la cara siempre sonrosada de mi amigo David persiguiendo a los niños por la arena en las últimas vacaciones de verano que habíamos pasado juntos en Marruecos. Era tan feliz que lograba que todos los demás lo fuésemos también. Lo conseguía de cualquier manera–. Tal vez tú puedas explicarme por qué se ha suicidado David. Según creo, por fin había conseguido todo aquello que él quería. Vivir a su aire, en París.

En un París atontado y fácil.

David me había hablado en una de sus últimas cartas del aire de la ciudad, endulzado por un aroma de dejadez y de armonía. Nada importaba y las horas pasaban, los días y las semanas pasaban cargados de una sensación liberadora de absoluta irresponsabilidad porque, “como ya te he dicho, querida, nada importa”. Y saber algo así, saber que no se es culpable de nada, que no se tiene ningún compromiso, ningún deber, que no se lleva ninguna carga sobre la espalda, es tan glorioso como el mismo paraíso. David caminaba con las manos metidas en los bolsillos, los pies helados…

- Su último amante se marchó sin despedirse y se cansó de que todo el mundo le abandonara.

- Sí… Le gustaba despertarse y comprobar que seguía habiendo gente a su alrededor.

Cuando anocheció por completo, descubrimos que la calefacción no funcionaba con toda la potencia que era de esperar en diciembre. Cenamos en el vagón restaurante sin hablar mucho y, de vuelta, mientras yo intentaba no oscilar en exceso por el pasillo y mirar sin demasiado descaro la actividad de los demás viajeros en la penumbra de sus madrigueras, Samuel se detuvo de repente y se aferró a una de las barras metálicas colocadas con tanto acierto bajo las ventanas. Cuando noté que no me seguía, di la vuelta y me acerqué muy lentamente decidida a no decir nada hasta que no comenzase él.

- Me parece que no voy a ser muy buen compañero de viaje –dijo.

Luego se apartó de la ventana y comenzó a alejarse por el pasillo. Yo me quedé un instante más allí de pie, inmóvil, escuchando los movimientos del tren y dejándome llevar por la idea de que sí: lo primero que haría al llegar a París sería cortarme el pelo.

Poco después llegué a nuestro compartimento y le dije que no se preocupara. Entendía perfectamente que no tuviera muchas ganas de hablar.

- ¿De verdad lo entiendes? ¿De verdad? Porque lo cierto es que no hay mucha gente con esa capacidad de aprobación o de tolerancia, o como quieras llamarlo –Samuel me miró con una aguda expresión de asombro en los ojos–. ¿Por qué la gente tiene que ser a veces tan terriblemente dañina? ¿Tú lo sabes? Ahora te muestran una cara amable, pero di algo que no les parezca conveniente o, peor aún, hazles ver que tienes una manera propia de ver las cosas, una manera diferente de la suya, una manera que te hace caminar, hablar o dormir como te apetece, como tú quieres, y estás perdido. Hazles ver que tu vida va por un sendero aparte, y estás perdido. Desde colgarte el teléfono a lo largo de una conversación aparentemente normal, hasta cerrarte en las narices las puertas de su casa y no volver a dejarte entrar. ¿Cómo pueden ser tan desconsiderados? Centrarse tan solo en sus querencias y olvidar por completo que tal vez aquel de quien tanto están exigiendo también desee encerrarse en una habitación y no salir de allí en meses. –Su voz sonó rotunda en el interior del compartimento cada vez más aislado del resto de viajeros que ya dormían. Rotunda por los pasillos en penumbra–. De todas maneras –dijo cambiando de postura–, a veces creo muy en serio que no deberíamos hablar. Adoro a la gente silenciosa. De hecho, sólo la gente silenciosa me merece respeto.

Suspiré profundamente y decidí unirme a su propuesta. Estábamos deslizándonos por encima de un puente y debajo todo era oscuridad.

Al amanecer el paisaje había cambiado. No pude dormir mucho. Pasé casi toda la noche dándole vueltas a la posibilidad de quedarme una temporada en cualquier sitio y no regresar a Madrid inmediatamente. Me incorporé con el dolor de cabeza que esperaba tener, los músculos lentos y una punzante molestia en la boca por el frío. El campo, de un verde extraordinario y algo sobrenatural, se desplazaba lentamente entre una bruma tan espesa que parecía pegarse a los cristales de las ventanas y, aunque parezca extraño, experimenté una afinidad inmensa con aquella gente que salía de sus casas o caminaba despacio por algún sendero próximo a las vías sin reparar en el paso del tren y sin mostrar ningún interés por los que a esas horas íbamos allí dentro, abandonados a un cansancio difícil de aliviar. Pensé que compartíamos algo, una fracción de tiempo quizá, una ocasión exclusiva y, aunque aquel tren pasara todos los días por delante de sus casas y para ellos seguramente todos los viajeros fuéramos el mismo, quise creer que todos nosotros formábamos parte de algo importante, algo que nos dominaba y que, al mismo tiempo, nos dejaba progresar y crecer. Aunque ese algo fuese simplemente la bruma o el hecho de estar vivos, lo cierto era que tanto Samuel como yo teníamos algo en común con esas caras desconocidas que iban pasando por delante de mis fatigados ojos. Y ser consciente de una realidad semejante no hizo más que acentuar mi todavía débil determinación de no regresar, y continuar viajando por Europa sin un destino fijo.

- Me encantaría estrenar el nuevo año en Praga –dije despacio, impaciente por escuchar que a Samuel le encantaría hacer lo mismo. Paseos tranquilos a lo largo de una calle de paredes limpias y persianas azules. Una calle con el suelo empedrado, que iría a dar a una playa de arena blanca. Una playa donde nos dedicaríamos a leer en voz alta un libro detrás de otro. Libros de pastas azules y de pastas naranjas que hablaran del Romanticismo inglés.

El viaje, el paso de las estaciones, de las ciudades, de los países… Así fue como Samuel Conroy y yo comenzamos a pensar que un paisaje no era sólo un paisaje porque había cientos de pequeños mundos escondidos dentro que no alcanzábamos a ver. Minúsculos seres buscando refugio en el cauce de un río o junto a las raíces de un árbol.

- El dolor a veces se convierte en el punto de partida idóneo para comenzar a realizar lo inimaginable hasta el momento. El dolor pasa a ser la excusa, la condición.

Él descansa ahora en su colina italiana, cerca de una corriente de agua, y yo recuerdo el mes de diciembre más desamparado de mi vida y, al mismo tiempo, más significativo, porque fue el mes que propició el inicio de nuestro viaje. El origen de los pasos perdidos de los dos, pobres criaturas dejando caer la mirada por los puentes del Sena y persiguiendo hojas secas que crujen y que, con el crujido, se rompen. Se dividen en millones de pedacitos marrones y secos que se extienden fácilmente, al menor soplo de viento. Crujen y se desintegran sin más. Destrozados restos de hojas marchitas y marrones que un árbol ha expulsado de sus ramas porque ya no le sirven de mucho ahora que la luz del sol es menos generosa.

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