La vida sumergida (Inicio)

 

Se habían habituado al licor de ajenjo y lo bebían de pie, por las mañanas, junto al fregadero de piedra o apoyadas en la escalera que movían de un lado a otro por la biblioteca para llegar a los estantes más altos. Sin ceremonias previas ni finales. Sin ir a cambiarse de ropa. Sin adornarse el cuello ni las muñecas. Calladas y un tanto desgarbadas, con la dejadez propia de la lentitud y la indiferencia, en un abandono que solo podían permitirse las depositarias de una elegancia congénita. Las beneficiarias de una delicadeza en la longitud de las formas, en la calidad de las telas que vestían a diario, conscientes de que existían dos tipos de personas, las que tenían clase y las que, por mucho que lo intentaran con bordados, pedrería y aromas sutiles, no la tenían ni la tendrían nunca. Al cabo de un tiempo indeterminado, que podía ser de unos minutos o que podía ser de unas horas transcurridas entre tragos cortos, entre libaciones del licor servido con decisión en sus vasos pequeños, procuraban ir a sentarse en las butacas de la cocina, siempre en silencio. Y entonces tal vez sí tuvieran que esforzarse por hacerlo con cierta dignidad. En ese momento tal vez resultara complicado moverse, dar más de dos pasos en la misma línea de equilibrio, y quizá debieran poner más atención en la distancia que recorrían ya que ambas podían haberse deshecho de la estabilidad y ambas podían haberse internado en la enormidad, el exceso. Sus avances por un suelo de madera que no era de hacía dos años ni de hacía cinco ni cincuenta tendrían que ser cautelosos.

Comían a la una y media, sin decirse nada, incómodas en su proximidad mutua. La confusión del ajenjo daba paso a un primer júbilo físico y mental que, invariablemente, desembocaba en un cansancio un tanto dramático. Y era solo más tarde, ya durante los postres, cuando Brígida podía empezar a hablar para decirle que debía recoger la ropa de la azotea y que debía hacerlo antes de las cuatro. Con la voz arrogante de quien da una orden. Argumentándole que ella no iba a esforzarse por ir a la azotea (tenía que centrarse en sus mil tareas) y que debía ser Hilda quien se propulsara por el pasamanos de las escaleras hacia arriba sin excusas ni dilaciones. Antes de que empezara a soplar el viento y le resultara imposible (a ella y a cualquiera) asomarse al exterior. Tenía que subir a la planta superior, cerrar las ventanas de cada dormitorio y de cada sala, asegurar las contraventanas, bloquear la puerta de hierro que se deslizaba sobre una barra adherida al suelo a modo de carril hasta que la cancela chocaba contra la pared del gran balcón, siempre con un golpe seco, echar la llave de abajo con dos vueltas, echar la llave de arriba con dos vueltas, correr a la escalera, subir más aún y, una vez en la azotea, recogerlo todo antes de que empezaran los crujidos en cada muro de la casa. Los vaivenes de las cortinas que se elevarían por encima de las sillas a causa de las corrientes de aire que se colaban irremediablemente a través de las grietas abiertas entre los marcos de los miradores y las tablillas del entarimado, en una oscilación serpentina que haría presagiar la aparición de un ser biológico tras ellas (un lobo, una rana, un muchacho) o la aparición de un ser no biológico (una piedra de color ámbar).

Era cierto que las copas de los pinos habían empezado a agitarse bajo los cristales de los ventanales de la cocina, y Hilda recordó allí, contemplando el prodigioso estremecimiento de la red de huesos y tendones en que iba a desembocar cada uno de los troncos móviles de cada uno de los árboles, el momento en que le pidió a Brígida que se muriera. Ese día soplaba el viento igualmente, con aquella violencia nada excepcional dada la época y dada la zona. Habían cerrado las ventanas, las puertas. Habían asegurado los pestillos y habían corrido los visillos. Y fue en esa circunstancia cuando pensó que si Brígida moría, si Brígida desaparecía, toda la casa sería suya, entera para ella, y entonces no tendría que obedecer más órdenes. No tendría que ajustarse a los horarios ni a los propósitos de Brígida. Dejaría de estar sometida, juzgada, calificada a cada instante, y llevaría a la práctica sus proyectos. Todas sus fantasías. Sin tener que comer cuando Brígida quisiera, sin tener que dormir cuando Brígida quisiera. Podría ponerse sus vestidos más alegres. Bañarse en el embalse. Practicar sus lecciones de piano cuando deseara hacerlo y bailar cuando deseara hacerlo. Raspar la tierra y descubrir qué había debajo de cada planta, de cada pedazo de hierba seca, de cada montón de agujas de pino reunidas por el viento, como quería hacer desde que a la edad de seis años aprendiera que una pezuña era una uña fuerte y desarrollada, y que algunos animales las tenían largas y afiladas a modo de apéndices cortantes, como zarpas, para atrapar a su presa, para aferrarse a ella, para cerciorarse de que no podría escapar y para excavar, escondiendo bajo la parte de suelo visible cualquier objeto valioso, su alimento. Lo aprendió de niña y desde entonces quiso comportarse como un perro que se esforzara por desenterrar de la base del monte el hueso escondido años atrás por él o por un antepasado. Extraer del barro la explicación a su existencia. Desentrañar el significado de cada estímulo para quedarse tranquila y poder regresar a sus actividades cotidianas. Sus otras actividades cotidianas. Creyendo que semejantes explicaciones se encontrarían en la base de los montes, bajo las pilas de materia fusionada al azar. Creyendo que podrían desenterrarse con solo escarbar. Revolviendo bajo el abono de los cultivos. Bajo las semillasalojadas en las hileras de los huertos.

Bajo los círculos de ceniza abandonados por los pastores. Bajo las formaciones de piedras grandes o bajo las formaciones de piedras pequeñas que se ocultaban bajo las piedras grandes.

Si Brígida desaparecía y toda la casa pasaba a ser suya, se entregaría al aprendizaje de un idioma vivo o de un idioma en extinción. A la investigación de los requisitos necesarios para que los miembros de un grupo llevaran una convivencia civilizada. A la resolución de la incógnita de si para que dicha convivencia civilizada pudiera ser real debía optarse siempre por el sometimiento y siempre por la rendición de unos ante otros. A desentrañar el auténtico significado de las palabras de negación que se apropiaban de las palabras primigenias para contradecirlas y desposeerlas de su sentido primordial. Desapego. Desarraigo. Desafección. Desaparición. Frente al apego, el arraigo, la afección, la aparición. Centrada en su lista de libros, los que debía leer antes de convertirse en una anciana como lo era Brígida. Middlemarch y Al faro. Grandes esperanzas. Un mundo feliz. La abadía de Northanger. Edipo rey. Crimen y castigo. La comedia humana. Ariel. El rey Lear y el Libro de la vida. La montaña mágica. Matar a un ruiseñor. Los miserables. Rojo y Negro. ¿Acaso los leería con Brígida a su lado, formando parte de la casa, envuelta en sus chales en invierno y en sus tules en verano, haciéndose notar por su aliento, con esa respiración de mujer que dejó de ser joven hacía años?

Lo dudaba.

Así que le pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.

Y días después, Brígida estaba muerta.

Nunca pudo negarle nada. Nunca pudo oponerse a sus caprichos. De modo que se murió.

–¿Es que me odias? –le preguntó.

Y Hilda respondió que no. Que por supuesto que no. ¿Cómo iba a odiarla? Había sido su protectora. Su maestra. La encargada de orientar sus gustos hacia sus primeras lecturas. Su consejera llegado el momento de enfrentarse a un texto de Séneca y descubrir que la experiencia podía asemejarse a la de leer un angustioso libro de superación personal. Frases como «Vivís como si fuerais a vivir siempre» o «A vivir hay que aprender toda la vida». Claro que no la odiaba. Brígida le había explicado qué era un minueto, qué una gavota. Le había dado la definición de música como el arte de bien combinar los sonidos y el silencio en el tiempo. No la odiaba. Simplemente deseaba que se deshiciera. Que se volviera transparente. Que se transformara en una esencia de luz sin estructura ni carne ni presencia. ¿Qué más tenía que hacer allí? Nada. De alguna manera, su época había pasado. Su misión había concluido. ¿Qué podía aportarle a ella con su muerte voluntaria? Todo. La independencia. El desarrollo como ser autónomo y perfecto. Como unidad sin condicionamientos. En aquella casa situada en la ladera de un monte. Rodeada de pinos, de aves y de insectos, y del brillo rojo del sol del amanecer y del sol del atardecer. En libertad. Con la posibilidad de actuar y no actuar. Ir y no ir. Querer y no querer. El privilegio supremo de la elección. Crecer hacia arriba o tumbarse extendida. Meter los dedos en el saco del azúcar o meter los dedos en el saco de la sal.

–No me odies –insistió Brígida.

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