La hija del cazador

La hija del cazador
La Bella Varsovia

Primera edición: abril 2011
Segunda edición: septiembre 2017

56 páginas

 

 

 

 

 

 

Texto de contraportada:

En La hija del cazador nos aguarda un mundo en claroscuro. La niña que es mujer, que se aleja de la casa y se adentra en el bosque. Que busca un universo nuevo e incierto a la vez. Que avanza en pos de la luz que advierte detrás de los árboles. El destino es el propio sendero. Allí las sombras huyen y a la vez acechan, aguarda la ceniza y aguardan las emociones nuevas que son, a su vez, trasunto de las emociones abandonadas. «Amar al padre. Respetar al padre. / Querer ser otra». Vivir y añorar la casa donde vive el pasado y edificar la casa del futuro con la frágil materia del presente. El libro de lo que huye y se ama y se sueña. De lo que vive y muere. De lo que nos contempla y nos da la espalda. Un poemario intenso, evocador, hecho de los temores y de las extrañezas de una realidad en tránsito.

Manuel Rico

 

Poemas:

 

Escondites

Huida al bosque, la hija,
se alimenta de animales silvestres.
Duerme, bebe.
Respira como un pez.
Separa los labios. Baila en círculos.
Cansadas las piernas, reposa.
Anhela temas sutiles, sensatos.
Un más allá del universo negro.
No ser árbol
ni permanecer.

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Cuidar del padre. Tapar al padre.
Dejar las botas bajo las mantas,
pegar con celo el papel de la pared.
Cerrar con cuidado las puertas
y esconder el whisky
en el armario vacío del rincón.
Apagar el cigarrillo y repasar las novelas de forajidos.
Sin más carreras.

Dejarán los caballos de trotar al amanecer.
No habrá más viajes en coche.
No más paseos hacia el puerto.
Los pescadores con la marea
y las sardinas tostadas sobre una reja.

La piel no será blanca; la tersura no parecerá tal.
El aroma de las margaritas no traerá la primavera.
Los humedales ofrecerán un color gris
y el suave hojaldre devendrá en filo
de roces y fracturas.
El clima variará el color de las hojas, de la arena.

Amar al padre. Respetar al padre.
Querer ser otra.
No la mujer asustada que mira esquiva
y se envuelve en una bufanda. Ser alguien más.
Tirando del mismo equipaje.

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Embrión

El cansancio engendra monstruos
como engendra ondas una piedra.
Tanta vehemencia, tanto bullicio,
y nada con que salvar el ahogo.
Habrá quien se cruce con ella y piense:
«¿Quién diría que está mal?»
Eleva los ojos, divisa la altura.
Eran ciento treinta los tejados.
Y ciento treinta los artefactos —con forma de ave—
que anunciaban las oscilaciones del viento.

¿Para qué un cielo tan lejano?

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