Con nubes y animales y fantasmas

Con nubes y animales y fantasmas
EH Editores

Primera edición: 2006

80 páginas

 

 

 

Poemas:

 

Ella cree realmente en la maravilla.
Cree en la semilla
y en el árbol.

Dejémoslo así.
Clemencia pido ahora.
Son muy pocos los seres efímeros.

Dejemos que alguien crea
por todos nosotros.

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La ciudad interior

Desde fuera, la existencia de un ser pausado
parece más bien sencilla.
Eleva las manos hacia el cielo cuando observa las nubes
y recuerda que en China, desde hace siglos,
los suelos se diferencian por su color:
la tierra negra del noreste;
blanco, el suelo del desierto;
la tierra roja al sur del Yangtsé.
Azul o verde el fértil suelo del sur.

Sencilla, parece la realidad del ser pausado
que se detiene, al caminar, y observa con gesto dubitativo
las intersecciones del camino.
Tranquilo y reservado,
perdió los textos sagrados durante su último viaje.
Olvidó seguir las rutas más seguras.
Exploró, sin sus compañeros, los mandatos de la belleza.
Sacrificó las horas en dirección a un oasis
y, quizá, consideró las audacias de su serenidad.

Lamentó, en ocasiones, ofrecer un rostro tan triste.
Lamentó, en ocasiones, presentar un aspecto tan cansado.
Lamentó, con frecuencia, no ser otro. No ser nada,
mientras la lentitud de su nombre arrastraba, una vez más,
sus pasos desconcertados
hacia la gloriosa lejanía de la antigua Ruta de la Seda,
que pasaba ante las montañas de Xinjang.

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La marejada del Atlántico

Desde el muelle salen los primeros transbordadores.
Jardines de azaleas y rosales.
El frío Atlántico.

Ese hombre que ahí ves
pasó tres años en París trazando una ruta marítima hacia la India.
Extendiendo su imperio desde China hasta Brasil.
Recorriendo las orillas inexploradas de los ríos,
con un “allí fuera…” “Allí fuera…”
en la zona más sensible de los labios.

No es poeta ni librero. Ha encargado costosas esculturas a artistas italianos.
No es comerciante ni un imprudente extranjero.
Ha custodiado el vuelo de los diez cuervos sagrados
sobre el santuario del mártir San Vicente.

Cada uno de sus silencios
incluye un fado de invierno.
Cada pequeño lago, un espejismo recortado sobre la planicie de sal.
Cada mirada hacia arriba,
un delicioso disfrute de paisajes abiertos e inacabados.
Cada semana de enero,
una niebla distante
que se remonta a los profundos horizontes de la Edad Media.

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