Las hijas de Sara (Inicio)

 

Cualquier otro padre habría corrido hacia el lugar de donde provenía el grito, pero Drayton simplemente siguió apoyado en el palo más grueso del porche, su favorito, mirando cómo el viento continuaba formando remolinos de polvo que iban creciendo y alejándose hacia el horizonte. Tal vez movió la cabeza, pero con el mismo gesto con el que se espanta una mosca que se ha posado en la frente o con el que se escucha el cambio de respiración en el suave sueño de un niño. Cuando Drayton oyó el grito, sus ojos entrecerrados no mostraron ninguna alarma. La posición indolente de las manos a lo largo del cuerpo mantuvo el ritmo lento de la sangre corriendo hacia arriba y hacia abajo, en un movimiento sincronizado como el del aire que soplaba barriendo las partículas de arena que rodeaban la casa por cada uno de sus ángulos sin dejar espacio a nada más. El extraño aire cálido del norte de África.

Nadie antes se había atrevido a levantar en aquel lugar nada destinado a albergar vida, pero él se había enamorado al instante de aquel terreno en el que sólo la arena podía subsistir eternamente, así que decidió comprarlo con la intención de trasladarse allí con su mujer y con las dos niñas lo antes posible. Amplísimas extensiones de arena se mirara donde se mirara. Polvillo luminoso emergiendo del suelo y revoloteando alrededor como mariposas perversas. Polvillo que se metía en los pulmones y que comenzaba a aumentar el peso de los que lo respiraban hasta el punto de que cualquier autopsia revelaría los sedimentos de arena que habían ido depositándose por el interior del cuerpo. Polvillo enceguecedor que aislaba la casa y que en ocasiones incluso podía hacerla desaparecer. Y eso era precisamente lo que él había querido, desaparecer. Así que compró el terreno y durante más de medio año los habitantes de las poblaciones más cercanas pudieron ver cómo iba y venía en su jeep, cómo descendía de él con el mismo temple iracundo y obcecado que lucía la primera vez que posó en aquella tierra su helicóptero, como si se tratara de un insecto alado hasta la superficie borrosa de la arena desértica, y cómo poco a poco comenzó a emerger de la nada un esqueleto seco, semejante a la delgada coraza hueca en que se convierten los escarabajos muertos bajo el sol inclemente. Lo que con el tiempo pasaría a ser para todos la casa Drayton.

Cualquier otro padre habría corrido al oír el grito de su hija Julia, pero él decidió que lo mejor era que las chicas se las arreglaran por su cuenta. No iba a estar allí siempre para defenderlas de todos los fantasmas que se presentaban delante de sus ojos invariablemente cada vez que se decidían a hacer algo. Al principio también había querido una mujer fuerte, una digna señora Drayton, pero Sabina jamás respondió a sus deseos y desapareció siendo tan frágil y comedida como lo había sido siempre. Todavía recordaba la monumental tormenta de arena que hacía temblar los cristales la noche en que intentó que aprendiera a disparar.

- La mayoría de la gente no sabe lo que está buscando y camina sin rumbo por la calle, dando vueltas en torno a alguna fuente como si en algún momento, en una de aquellas vueltas, se fuera a abrir el suelo y fuera a aparecer el ángel de la Visitación que anunciara: “Querido, Querida, deja de dar vueltas porque has encontrado lo que no sabías que estabas buscando. Has encontrado la riqueza, el futuro bienestar y la posibilidad de golpear a aquellos abominables e indeseables humanos que se han interpuesto en tu ruta hacia la ansiada paz…” Pero nosotros no. Nosotros, los Drayton, cuando queremos algo salimos a buscarlo.

A manejar la escopeta, eso era lo que él quería en aquella ocasión que su mujer aprendiera, y fue con Sabina hasta la habitación en la que almacenaban los muebles que los demás ya no querían y que ellos recogían porque Drayton por entonces veía un negocio detrás de cada objeto y pensaba que algún día podría revender como si se tratase de una auténtica selección de valiosas piezas de anticuario toda esa basura en cualquier feria rural de Inglaterra, si es que alguna vez regresaban. En aquella habitación también guardaban una escopeta y, mientras él murmuraba que una mujer interesante y que se preciara de ser una buena madre debía saber cómo manejar un arma porque nunca se sabía delante de quién iba a tener que protegerse a sí misma o a las pequeñas, fueron saliendo al exterior.

Una vez allí, con las partículas de polvo adhiriéndose a su cara, Sabina comenzó a disparar contra un poste mientras Drayton pateaba el suelo cada vez que fallaba el tiro. Rose estaba de pie, a unos pasos por detrás de ellos, y oía las débiles protestas de su madre cuando él volvía a arrebatarle la escopeta para cargarla y colocarla de nuevo en sus brazos.

- No puedo… –murmuraba.

- ¡Por Dios Santo, Sabina! ¡No puedes ser tan estúpida! Concéntrate en lo que estás haciendo y piensa en esa pequeña niña que nos está mirando con cara de sueño.

Sabina se volvió y miró despacio a su hija. Luego giró la cabeza y disparó de nuevo, esta vez con decisión, como si realmente quisiera aprender a hacer agujeros en la madera de aquel poste ruinoso. Pero volvió a fallar y él volvió a dar una patada al suelo.

- ¡Sabina! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué clase de madre eres?

El viento hacía crujir los cristales de las ventanas.

- Llévate a la niña a casa –dijo ella.

Drayton sonreía y mantenía la espalda muy erguida mientras arrancaba la escopeta de los brazos de Sabina y volvía a cargarla.

- ¿La niña? La niña debería aprender también. La gente que se cruza contigo por la calle y que a veces se sonríe o que a veces se insulta… No sería nada difícil ver de repente un asesinato y no quiero que la víctima seas tú. ¿Entiendes lo que te digo? Tienes que aprender a defenderte. Y las niñas también. ¡Ven aquí, Rose! Voy a enseñarte algo divertido.
Drayton se dirigió hacia su hija que retrocedió unos pasos de manera casi instintiva.

- La niña no… –dijo de nuevo su mujer.

- ¿Por qué no? No seas estúpida. La niña también. Y Julia aprenderá cuando pueda sostener la escopeta entre los brazos. Ven, preciosa. Vas a ver qué divertido es esto.

- ¡He dicho que no!

El pelo largo de Sabina se colocó delante de sus ojos. Lo que veía a medias era el susto en la cara de Rose que se aproximaba a ella empujada por su padre. Su niña caminaba hacia ella mientras el rugido del viento entonaba en sus oídos una canción de espera. Espera… Espera… La niña ya llega… Sabina se mordió con fuerza el labio inferior. Tenía los dedos fríos, el cuerpo agarrotado y un arma cargada en las manos que empezó a elevar hacia la confusa figura de su marido.

- ¿Qué estás haciendo? –preguntó entonces Drayton sonriendo aún más.

- Lleva a la niña a casa.

Aquella mujercita de sonrisa encantadora y de rasgos suaves como los de una muchacha que acabara de salir de un colegio caro mantenía la escopeta elevada hacia el pecho de Drayton. Ella no sonreía. Tampoco podía apartarse el pelo de los ojos porque necesitaba los dos brazos para sostener el peso del arma. Únicamente se enfrentaba al aire polvoriento y a la mirada de su marido con toda la energía que era capaz de extraer de su escasa fortaleza física.

- ¿Y si no lo hago? ¿Dispararás contra mí?

- ¡He dicho que lleves a Rose a casa!

Entonces Drayton suspiró profundamente. No parecía sentir ningún miedo. Lo único que demostraba era una cierta curiosidad ante el comportamiento de su esposa. ¿Se atrevería a disparar?

- Incluso haciendo algo como esto sigues siendo una mujer elegante –murmuró-. Supongo que tanto la riqueza como la pobreza son algo perpetuo. Tú has nacido con clase y siempre mantendrás esa altivez que te hace ser una persona distinguida.

- No puedo decir lo mismo de ti.

Drayton se echó a reír mientras cogía a la niña en brazos.

- Recuerda que tus hijas llevan sangre de los dos.

- Y tú recuerda que mis hijas crecerán como yo decida mientras pueda hacerlo.

Él comenzó a caminar hacia Sabina con la pequeña Rose abrazada a su cuello y sólo cuando estuvo muy cerca de su oído, susurró:

- Algún día quizá tengas que elegir entre su bienestar y el tuyo. Y eso será muy difícil para una mujer tan refinada como tú.

Sabina bajó la escopeta y se apartó el pelo de la cara para ver cómo su marido se alejaba hasta entrar en la casa y, sin decir nada más, desaparecer.

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